Aprendizaje de Lenguas

Aprender la lengua de los abuelos

Escrito por Mariana / 5 de octubre de 2009

¿Qué nos motiva a estudiar un idioma? Que sea útil, cierto. Pero a veces bastan con un valor emotivo para hacernos una lengua un aprendizaje deseable.

A la hora de estudiar un idioma extranjero, las motivaciones son muchas. Por un lado, están todas aquellas que relacionan el aprendizaje de un idioma con lo utilitario: aprenderlo para conseguir un puesto de trabajo, aprenderlo para viajar a determinado país, aprenderlo para acceder a una beca de estudios, leer bibliografía de la cual no hay traducciones o comunicarse con colegas en el exterior.

Por otro lado, hay muchas motivaciones que pasan por el placer: aprender un idioma porque me parece lindo cómo suena, aprenderlo para poder leer en idioma original uno de mis poetas favoritos, aprenderlo porque tiene valor emotivo, simbólico o hasta político (el caso de las lenguas que, a través de la legislación lingüística o desde lo ideológico han sido perseguidas hasta hacerlas minoritarias).
Dentro de este grupo, está el deseo de aprender la lengua de nuestros antepasados.

Cuestión de historia

Hay personas cuyos padres, abuelos y bisabuelos han vivido siempre en la misma tierra y han hablado siempre el mismo idioma. Sin embargo, muchos jóvenes de hoy tienen abuelos o bisabuelos inmigrantes, que debieron abandonar la propia lengua para adoptar la del país que los recibió. Para estos jóvenes, que muchas veces no han siquiera escuchado la lengua de sus antepasados, el idioma es tan ajeno como para cualquiera que lo estudie como lengua extranjera.

Sin embargo, no deja de tener un valor simbólico que lo hace atractivo. Alguien con un apellido de origen ruso más probablemente se incline a estudiar este idioma que el portugués o el chino mandarín (salvo que, como dijimos antes, intervengan cuestiones más utilitarias).

La lengua de la cuna

Sin llegar a haber aprendido la lengua, un niño puede crecer escuchando algunas rimas, canciones o expresiones en otra lengua. De esa manera, se adquiere con el idioma cierta familiaridad que hace que, al aprenderlo, nos resulte más sencillo incorporar elementos tales como la pronunciación o el acento.

En busca de nuestros orígenes

Una vez que hayamos aprendido el idioma, está la tentación de visitar el pueblo de origen de nuestra familia, la ciudad natal del abuelo al cual no llegamos a conocer o la casa que alguna vez fue de la bisabuela que llegó al país huyendo de la guerra. Todo esto también forma parte de nuestra historia. ¿Y por qué no rastrear, una vez allí, a alguno de nuestros parientes lejanos? Ahora que hablamos la misma lengua, tal vez descubramos que tenemos con ellos más cosas en común de las que nos hubiéramos imaginado.

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